La anticuada noción de frotar la boca de un niño con jabón para evitar malas palabras se está desvaneciendo rápidamente, según una nueva encuesta nacional. Más de la mitad de los padres ahora consideran que decir malas palabras al menos a veces es aceptable para sus hijos, lo que supone un cambio de actitud significativo.
Cambiando las actitudes hacia las malas palabras
Un estudio de la Universidad de Michigan revela que sólo el 47% de los padres cree que los niños nunca deberían decir malas palabras. El 53% restante piensa que está bien en determinadas situaciones (35%) o depende de la palabra específica utilizada (12%). Esto refleja una tendencia más amplia hacia normas lingüísticas más informales, incluso dentro de las familias. Sólo el 6% de los padres consideran que decir malas palabras “no es gran cosa”, lo que indica que la mayoría todavía reconoce algunos límites.
¿Qué tan común es decir malas palabras entre los niños?
La encuesta también examinó con qué frecuencia los niños realmente dicen malas palabras. La mayoría de los padres (76%) informan que sus hijos rara vez o nunca dicen malas palabras, pero un sustancial 24% dice que sus hijos lo hacen de vez en cuando o con frecuencia. Este comportamiento es mucho más común entre los adolescentes (37%) que entre los niños más pequeños (14%).
Los padres identifican varias razones detrás de esto: hábito (41%), presión de grupo (37%), intento de humor (36%), búsqueda de atención (21%) o simplemente porque “así hablan los niños ahora” (27%). El aumento de las malas palabras se alinea con cambios culturales más amplios, donde el lenguaje informal es cada vez más prevalente.
Los padres asumen la responsabilidad y culpan a los demás
Curiosamente, la mayoría de los padres (58%) admiten que pueden contribuir a que sus hijos digan malas palabras. Sin embargo, también señalan influencias externas: los compañeros de clase y los medios de comunicación. Esto sugiere un reconocimiento de que los hábitos lingüísticos se aprenden de múltiples fuentes, no sólo en casa.
Cómo responden los padres a las malas palabras
Los padres que se oponen a decir malas palabras citan creencias religiosas, malos modales o comportamientos inadecuados para el contexto como sus principales preocupaciones. Las estrategias para limitar la exposición incluyen modelar el buen lenguaje (57%), restringir los medios (39%), pedir a otros que se abstengan de decir malas palabras cerca del niño (28%) o desalentar las amistades con compañeros malhablados (20%).
Cuando ocurren malas palabras, la mayoría de los padres le dicen a sus hijos que dejen de hacerlo (41%) o les explican por qué es inaceptable (38%). Un notable 14% lo ignora y sólo un 6% recurre al castigo. Los padres de adolescentes tienen más probabilidades de ignorar las malas palabras que los de niños más pequeños (21% frente a 8%).
El auge del lenguaje informal
Expertos como Timothy Jay, un estudioso de las malas palabras, señalan la creciente normalización de las malas palabras en la cultura moderna. Él atribuye esto en parte a las redes sociales, donde las malas palabras aparecen a un ritmo mucho mayor que en el lenguaje hablado. Los estudios han demostrado que en X (anteriormente Twitter), casi el 8% de las publicaciones contienen malas palabras.
Sin embargo, decir malas palabras no es necesariamente perjudicial. Las investigaciones sugieren que puede proporcionar liberación emocional, aumentar la confianza e incluso aumentar la tolerancia al dolor. Como dice Jay, “las malas palabras son como herramientas: las usamos para beneficio personal o social”.
La codirectora de la encuesta, Sarah Clark, reconoce que los padres están atravesando un panorama complejo. La clave es establecer expectativas claras y responder de manera consistente, en lugar de depender de castigos severos.
En última instancia, los padres deben decidir qué nivel de malas palabras es aceptable para su familia y hacer cumplir esos límites de manera justa. El debate sobre las malas palabras continúa, pero la tendencia indica claramente que las actitudes se están volviendo más relajadas.



























